Hace año y medio que abandoné la red social Theards, fruto de un linchamiento al que fui sometido. No voy a hablar de eso, porque en su día entendí que me estaba haciendo un favor dejando de estar en semejante covacha.
Pasado este tiempo, mi relación con la literatura y el mundo editorial no solo no se ha resentido, sino que goza de muy buena salud.
En alguna ocasión he citado al filósofo español Ernesto Castro, que afirma que uno debe escribir para sí mismo, a lo que añado que también uno debe leer para sí mismo y vivir el gozo literario como un ejercicio introspectivo del ser.
Desde que abandoné Theards, más por razones laborales que por el daño moral de aquel linchamiento del que fui objeto, he dejado prácticamente de publicar artículos y podcast. Uno tiene que elegir entre las diversas posibilidades que tiene para ocupar su tiempo y, durante este periodo, he elegido centrarme en lo profesional y en mi mundo interior.
Pero tengo un bagaje de publicaciones detrás que, para unas pocas personas, son valiosas, igual que lo es para mí crearlas. Por eso debo despabilar «esta ausencia del escenario publicado» y retomar, en cierta medida, el exhibicionismo de mi ignorancia.
Como acicate y cierta venganza fútil, debo reconocer que, debido a que gestiono cuentas corporativas que tienen presencia en Theards, he ido comprobando cómo el problema nunca he sido yo ni mi manera clara, sin adornos, de decir lo que está mal visto decir, porque la verdad es una de las cosas que más persiguen las personas mediocres y sin talento.
Theards es una plaza pública repleta de idiotas y amargados que escenifican el papel de letraheridos y marginados de la literatura. Un estercolero y escaparate de cinismos y vanidades.
Quien quiera encontrar literatura hoy debe poner dirección lo más lejos posible de las redes sociales, en especial de esta de los hilos, donde han montado su campamento y tomado posesión del territorio los montaraces del saber y hacer literario.
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Gallego Rey


