Una de las cuestiones que más preocupan a los escritores es la de la corrección de sus textos. Y hay mucha gente que cree que revisar un texto con cuidado consiste únicamente en comprobar si los signos de puntuación están bien puestos, pero revisar un texto con cuidado no consiste únicamente en comprobar si las comas están bien puestas, sino en asegurarse de que lo escrito expresa exactamente lo que uno quiere decir.
Parece una obviedad, pero basta con detenerse a corregir un texto propio para descubrir hasta qué punto la cuestión es más compleja. Uno empieza revisando una coma, una tilde o un punto y, de pronto, se encuentra ante un problema que ya no es estrictamente gramatical. La frase es correcta, las palabras están bien escritas y la puntuación es admisible. Sin embargo, algo no termina de funcionar. La construcción no expresa con precisión aquello que uno tenía en la cabeza.
Es entonces cuando la corrección deja de ser una operación mecánica y se convierte en una forma de reflexión. ¿Qué quiero decir exactamente? ¿Es esta palabra la que necesito? ¿Se entiende la relación entre las ideas? ¿La frase expresa mi pensamiento o lo deforma, aunque sea ligeramente?
Porque una cosa es escribir correctamente y otra, bastante más difícil, es encontrar la expresión precisa. La gramática establece unos límites, pero no siempre resuelve las ambigüedades del sentido que le queremos dar a nuestro texto. Una frase puede ser impecable desde el punto de vista sintáctico y, sin embargo, no decir exactamente lo que pretendemos. También puede suceder lo contrario: una construcción poco habitual puede ser perfectamente válida si responde a una intención expresiva que busca provocar en el lector un efecto deliberado.
Corregir exige, por tanto, algo más que conocer las reglas. Exige volver sobre el propio pensamiento, examinarlo y preguntarse si las palabras elegidas le hacen justicia.
Pero existe también el peligro de corregir por corregir. Cuando un texto está prácticamente terminado, cada modificación debería responder a la necesidad ineludible de solucionar aquello que no termina de encajar. Pero no todo lo que podría escribirse de otra manera está mal escrito, ni toda expresión susceptible de mejora necesita ser sustituida. Y tampoco una frase más convencional es necesariamente mejor que la que habíamos elegido.
Llega, pues, un momento en que la revisión debe ser prudente. Se trata de detectar lo que verdaderamente necesita corregirse sin alterar aquello que ya funciona: el ritmo, la voz, la intención, incluso cierta aspereza que forma parte del carácter del autor.
Por eso la corrección quizá sea una de las dificultades mayores de la escritura, porque nos obliga a saber distinguir entre lo que está mal y lo que simplemente podría ser diferente.
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Gallego Rey


