Te sugiero acompañar la lectura de En literatura, el principio de menos es más con la narración del propio autor.
Me interesa la literatura que logra contar mucho con lo mínimo. Me refiero a no adornar el lenguaje ni a sorprender al lector con frases rebuscadas, sino a la sensibilidad literaria que se percibe en escritores como Onetti, Juan Rulfo, Borges, Bioy Casares o Rafael Chirbes. Ellos sabían colocar cada palabra donde debe estar, sin necesidad de multiplicar los adjetivos ni forzar metáforas. La literatura, para mí, es como un cuadro: cada pincelada debe cumplir un propósito. Si agregas más donde no corresponde, el efecto buscado se diluye.
Por eso, cuando leo textos como los que se suben a Amazon, o esos fragmentos publicitarios que parecen destinados a impresionar más que a contar una historia, me produce asqueo. Frases como “Nada sobre el anónimo anonadarse” o “alcachofa caminante obsesionada por entregar currículos” me producen la misma sensación que mirar un cuadro sobrecargado de pintura: veo el esfuerzo del autor por demostrar su dominio del lenguaje, pero no me conmueve lo que me cuenta. Lo que parece dominio del lenguaje, muchas veces, no es más que pedantería.
Cuando hablo de sensibilidad literaria, no me refiero a escribir de manera compleja. Es, más bien, la capacidad de percibir cómo funciona la narración, de saber qué detalles contar y cuáles omitir, de construir ritmo y tensión sin recurrir a artificios adosados. Es un olfato literario que permite que la historia fluya y que el lector se olvide del autor, entrando en la narrativa sin esfuerzo.
El contraste es evidente cuando comparo estas obras con los grandes maestros. Rulfo, en Pedro Páramo o en El llano en llamas, construye su mundo con frases precisas, casi minimalistas, pero cargadas de sentido. Borges logra una densidad literaria impresionante con economía de recursos: cada palabra está medida, y todo encaja. Onetti y Chirbes son sintéticos; saben que la historia importa más que la frase memorable. Y es justamente esa economía, esa disciplina, lo que convierte su prosa en algo que perdura y a lo que llamo literatura.
En cambio, los autores que no dominan este oficio, aunque hayan leído mucho y pretendan ser literatos, fuerzan cada párrafo queriendo ir más allá de lo justo. Y el resultado es que el lenguaje llama la atención sobre sí mismo en vez de sobre la historia o el personaje, rompe el ritmo y dificulta la conexión con la lectura. Las historias pierden así su fuerza, y lo leído se percibe artificial y pesado. En definitiva, el exceso resta.
Por eso defiendo con firmeza el principio de menos es más. Menos adornos, menos artificios, menos pedantería. La literatura que me engancha, la que me hace sentir que el escritor me está contando algo y no enseñando lo que sabe del diccionario, es la que respeta la medida justa de las palabras. Todo lo demás, como los brochazos innecesarios de un cuadro, distrae y empobrece la experiencia.
Los correctores de estilo y ortotipográficos hacen una labor excelente, por cierto. Se nota cuando no se ha contado con ninguno. Su participación se refleja en la naturalidad de la prosa, en la forma en que cada palabra está en su lugar y cumple su función. Porque la literatura no necesita demostrar sofisticación: el arte literario está en hacer que el lector vea la historia, no que esté esquivando al escritor.
Así que, resumiendo, menos no es solo un principio estético; es una estrategia de eficacia narrativa. Menos es más porque permite que la historia, los personajes y las emociones ocupen el centro del relato. Menos es más porque el lector puede entrar en la obra sin distraerse con las piruetas verbales del autor. Menos es más, en suma, porque la literatura, cuando está bien hecha, no reclama atención para hacerse notar.
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Gallego Rey
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