Pocos días después de que la humanidad interesada en lo novelesco tuviera noticia del último amaño protagonizado por Editorial Planeta, que cada año convoca la farsa homónima con la cual premian a alguien de su cortijo con un millón de euros por avenirse a ser cómplice del engaño, en la caja tonta de YouTube los más avezados dizque influenciadores literarios ya se las habían arreglado para adquirir un ejemplar de Vera, una historia de amor, novela firmada por Juan del Val y escrita, tal vez, por él o por vete a saber quién; leerla con la profundidad de análisis de los más avezados críticos de la cosa; escribir un guion; grabar y compartir sus preclaras opiniones al respecto de la calidad del último no va más de la citada editorial.
Como era de esperar, dado el número de personas que no pueden vivir sin estar a la última sobre estos menesteres, aunque los dizques análisis, críticas o reseñas sean un truño, quien más, quien menos, tuvo su dosis de visitas, me gusta y comentarios de sincera felicitación por haber aportado tantísimo conocimiento a quienes carecen de él, o no les da la gana de formarse su propia opinión.
Mucho ha cambiado la cosa dentro de la crítica y difusión literaria desde que cualquiera con una cámara, un micro o un teclado se atreve a hablar porque sí de lo que le ha parecido la lectura de un libro, o porque, si cae en gracia del respetable ignorante, se pueden llenar los bolsillos con más o menos calderilla, aunque ni de lejos les suene nada parecido a dominar una —o varias— teorías literarias, y menos que tengan ganas de desarrollar una propia.
Y mientras todo esto sucedía, andaba yo releyendo Asentir o desestabilizar de Rafael Chirbes, y Teoría de la literatura de ciencia Ficción de Fernando Ángel Moreno, por puro placer el primero y para documentarme para unos textos que estoy escribiendo el segundo, sin darme cuenta de cuán estúpido les resulta a quienes influencian en el mundo literario esto de documentarse, estudiar teorías literarias y practicar el noble arte de no molestar al mundo explicando lo mucho, poco o nada —generalmente es muchísimo— que les ha gustado este o aquel título en boga y por ende en boca de todos.
Y para más ahondar en mi desgracia de lector que no se entera de qué va la modernidad literaria, hete aquí que me encuentro con que, en cierta red social, llamémosla X, un famoso contertulio de apellido Maestre vino a poner los puntos sobre las íes al señalar que las listas de libros más mejores del año no sirven para nada, y que por tanto él, que no entra en esos engaños, se iba a limitar a ofrecer su lista de los 12 libros más mejores leídos por él en este 2025, de entre 81 que se zampado como el que no quiere la cosa.
Es curioso que lo de leer e influenciar literariamente nunca incluya la lectura y difusión de artículos y ensayos sobre literatura. Es más, tampoco novelas que no aparezcan citadas en los magazines especializados tipo Babelia, Zenda, etc. El canon es la premiada planetaria y obras de similar jaez.
Claro que, haberlos ailos que se atreven —nos atrevemos— a parlotear sobre todo lo existente en los márgenes de ese mundillo hecho a la medida de quienes creen que leer es leer novelas de escaparate y premios más falsos que una moneda de tres euros. Pero estos no influencian en casi nadie, ni se jactan del número de «libros» leídos en un año ni creen que sus opiniones son merecedoras del aplauso y admiración de nadie.
Pero solo de pensar que es más conocido cualquiera de estos influenciadores de YouTube, y que tienen más predicamento que autores y críticos literarios como Rafael Chirbes o Fernando Ángel Moreno, es para llorar. La cosa es tan grave que incluso esta especie de nuevos vende humos nos quieren convencer de que los premio Planeta son obras literarias de las más mejores endejamás escritas. Y así todos los años. Y así todas las listas de libros que son buenísimos. Y así que quieren pasar por caballo de pura sangre lo que no es más que burro.
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Gallego Rey
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